Recuerdo la primera vez que fui al zoo. Hacía frío y era una ocasión especial, así que mi hermana mayor y yo vestíamos iguales (eso solo pasaba en celebraciones y acontecimientos importantes). Recuerdo la emoción de imaginarme a los leones descansando en una sombra, los elefantes desfilando en manadas, a los monos subidos a los árboles… Aunque lo que encontré allí fue algo distinto.
No fui la única. Durante generaciones ir al zoo ha sido un plan habitual para muchas familias y también una excursión frecuente en los colegios.
La intención de estas visitas es clara. Queremos acercar a niños y niñas a los animales, despertar su curiosidad y enseñarles respetarlos. Pero, ¿de verdad lo estamos consiguiendo? ¿qué aprenden realmente nuestros hijos e hijas cuando conocen a los animales en cautividad?
Esta cuestión ha vuelto a ponerse sobre la mesa este curso. El colectivo Docentes Canarios por el Respeto Animal y el Patrimonio Natural ha impulsado la campaña No es centro para zoos, con la que propone que los centros educativos dejen de organizar visitas y colaboraciones con zoológicos.
Su alternativa pasa por acercarse a los animales de otra manera. Proponen salidas de campo, observación de fauna local, colaboración con centros de recuperación, actividades vinculadas a la biodiversidad del entorno... En definitiva, actividades coherentes con los valores que el propio sistema educativo promueve.
Y este debate no puede ser más oportuno en torno al Día Internacional de los Animales que se celebra cada 4 de octubre.
¿Qué significa realmente querer a los animales?
Nos emocionamos cuando los niños aprenden a imitar el ruido de un elefante o conocen la dieta de los osos panda. También nos emociona cuando vemos sus caras al conocer por primera vez a un león. Pero, ¿qué mensaje reciben cuando, para conocer a un animal, tienen que verlo encerrado?
Educar en el respeto por los animales no consiste solo en aprender cómo son. También implica hablar de sus necesidades, su hábitat, de cómo debemos relacionarnos con ellos, o de cuestionarnos si nuestro ocio debe estar por encima de su bienestar.
Con esta visión nació el libro de Omar, ¿el zoo no quieres visitar?, escrito por Belén Gaudes y Pablo Macías e ilustrado por Nacho de Marcos.
A Omar le encantan los animales. Sin embargo, cuando visita el zoo, le entran muchas ganas de llorar.
Y es ahí donde se abre el melón:
¿Son felices esos animales? ¿Necesitan vivir encerrado para que podamos conocerlos? ¿O hay otras maneras para aprender sobre ellos? ¿Acaso no hay alternativas para conocer animales de nuestro entorno? ¿Qué queremos enseñar, un animal haciendo trucos o respeto y amor por la naturaleza libre?
La campaña impulsada por docentes canarios demuestra que esta conversación también está llegando a las aulas.
Y quizás esta sea una buena ocasión para recordar uno de los aprendizajes que nos trae Omar. Querer a los animales no es solo maravillarnos o emocionarnos al verlos, sino aprender a mirar el mundo desde sus necesidades y no solo desde las nuestras.
Porque sí, los animales también necesitan ser libres.
Post de Marta Aramendía