Septiembre tiene prisa.
Prisa por volver al cole, por llegar a tiempo, por preparar mochilas, marcar ropa, comprar zapatos, organizar horarios, cuadrar extraescolares, apuntarse al gimnasio (¿me las arreglaré para ir este año?) y conseguir que, de alguna manera, todo vuelva a “la normalidad”.
Y en medio de tooooda esa prisa están ellos y ellas.
El otro día caminábamos por la calle cuando, de repente, Unai se paró.
Yo seguí andando un par de pasos antes de darme cuenta.
- Mamá, ¡mira!
En el suelo había una fila de hormigas.
Nada extraordinario.
Hormigas llevando migas de un lado a otro. Algo que yo probablemente habría pisado o esquivado sin mirar.
Pero él se agachó.
Y yo también. Saqué el bote para bichos del bolso que suelo llevar para este tipo de emergencias y durante unos minutos fuimos a ninguna parte. Miramos cómo avanzaban, cómo se encontraban unas con otras, cómo algunas cargaban con algo que parecía demasiado grande para su cuerpo.
- ¿Cómo es su casa? ¿Dónde está la hormiga reina? ¿Cómo saben a dónde tienen que ir?
- No lo sé.
Y qué maravilla no saberlo.
Porque a veces parece que tenemos que enseñarles el mundo. Que tenemos que explicarles cómo funciona, poner nombre a las cosas, enseñarles qué es lo correcto o qué está haciendo la hormiga reina…
Pero quizá también deberíamos dejar que sean ellos quienes nos lo enseñen a nosotros. Que nos recuerden cómo se mira algo por primera vez y nos dejemos llevar por sus ritmos.
La vuelta al cole está llena de horarios. De esto sabe nuestra Isa. "Corre, que llegamos tarde". "Date prisa". "Termina el desayuno". "Lávate los dientes". "No lo repito más". "Vaaaamos".
Y seguramente muchas veces no podemos evitarlo.
Pero ojalá septiembre no nos haga olvidar que ellos tienen otro tempo.
Que una piedra puede necesitar cinco minutos (sobre todo si se puede escalar).
Que algunas conversaciones importantes empiezan cuando nosotros creemos que ya deberíamos estar durmiendo.
Y que, de vez en cuando, merece la pena agacharse.
Literalmente.
Ponernos a su altura.
Jugar debajo de una mesa. Seguir una hormiga. Observar una nube. Escuchar una historia larguísima…
Porque la infancia no debería ser una carrera para llegar cuanto antes a la vida adulta.
Y por eso escribo esto ahora. Para recordarme que no tengo que pedirles que aceleren para alcanzar mi ritmo. Que soy yo la que tiene que frenar para alcanzar el suyo. Sin prisas.
Isa no tiene prisa es un cuento para recordarnos que no podemos vivir tan deprisa o, al menos, que no podemos arrastrar a nuestros peques a esa vorágine.